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¿Qué libro estás leyendo actualmente?

Normalmente leo de manera simultánea varios libros de distinto tipo. En este momento, en novela, estoy leyendo a dos autores que me tienen absolutamente vuelta loca de la emoción, uno es un griego que vive, de toda la vida, en Suecia, y que se llama Theodor Kalifatides. Sus dos últimas novelas están escritas en griego. Aunque es un hombre mayor, de cerca de 80 años, toda su vida creativa, desde sus veintipocos, la hizo en Suecia, escribiendo en sueco: es un autor sueco muy exitoso. Siendo ya mayor, y en uno de los viajes que hace de manera continua a Grecia, siente que tiene que recuperar su lengua. Y escribe dos hermosísimas novelas: la pimera se llama Otra vida por vivir y la siguiente se llama El sitio de Troya. Después de estas dos acaba de salir la tercera en griego, que cuenta la historia de su relación con su madre, la vida de la madre, del padre, a partir de un viaje a Atenas, en el que se queda, como siempre, en el departamento de su madre y decide escribir sobre ella. Son libros realmente de una belleza, de una profundidad y de una honestidad agradecible, admirable y absolutamente disfrutable. Estos tres libros, originalmente escritos en griego, fueron traducidos, además, por Selma Ancira, así que son garantía.

Pero dije que estaba leyendo a dos autores que me vuelven loca. El segundo es Erri de Luca, un autor italiano sobre el que he escrito algunos artículos, pues cada que lo leo me deslumbra tanto o más que el anterior. El nuevo libro se llama Imposible y es un libro sobre la memoria, la justicia y los movimientos revolucionarios juveniles de los años 70. El propio Erri de Luca fue miembro de la agrupación de extrema izquierda Lotta continua (Lucha continua) y está novela es, al mismo tiempo, una maravillosa carta de amor. No digo más pero, por favor, hay que leerlo, es excepcional. Lo otro que leo siempre, acompañando mis lecturas de novela, es algo de ensayo o similar. En este momento estoy volviendo al tema del exilio porque me pidieron un artículo y es un tema que ha marcado mi vida y sobre el que he escrito, tanto artículos como mi propia obra literaria. Y entonces estoy volviendo a María Zambarano, a Juan Gelman, a las reflexiones que se hicieron sobre los distintos exilios, a un libro que me gusta mucho, que se llama Aquellos niños del exilio, que es una investigación con los que llegaron chiquitos a México que hizo Silvia Dutremi, que hace historia contemporánea oral. Y por supuesto, poesía. Eso siempre está. Ahora estoy con un libro que me acaba de llegar del taller Martín Pescador, uno de estos libros hechos en tipografía de tipos móviles aún, encuadernado a mano, y se llama Amapolas y es de una poeta joven que hace cosas geniales: Caterina Camastra. El comentario sobre el libro lo hace, por cierto, nuestro querido David Huerta.

¿A qué libros regresas una y otra vez y por qué?

Diría que uno de los libros a los que vuelvo siempre es El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. No para releerlo de manera completa cada vez, pero sí es un libro que me ha acompañado y me acompaña desde hace ya muchos años y que tiene una fuerza y a la vez una melancolía y una profundidad que siempre me hace bien recuperar. Y por otra parte, me ha enseñado la flexibilidad de los límites de los géneros literarios, algo que me importa mucho, desde esa primera persona, de uno de los tantos heterónimos de Pessoa, cómo se construye un libro autobiográfico en el que un poco cabe de todo.

Vuelvo mucho también a la poesía. Los libros de poesía no se leen como una novela, es decir, que uno lo termina y a ver si dentro de diez años se te antoja releerlo. Los libros de poesía siempre están ahí, acompañando. Y en este momento estoy leyendo, como siempre, y por las coasas que estoy trabajando, a Anna Ajmátova,, Paul Celan y las poetas latinoamericanas contemporáneas. Estoy armando una antología de escritura de poesía de mujeres a partir de la pandemia y han colaborado poetas tanto de México, España, Argentina, como de latinoamericanas que viven en EU, y entonces hay gente muy conocida como Angelina Muñiz-Huberman o Pura López Colomé y poetas muy jóvenes como Elisa Díaz Castelo, que siendo muy joven ganó el premio de poesía Aguascalientes.

¿Con cuáles tres escritoras/es te gustaría tomar un café o un trago y por qué?

Yo tengo que decir que, si yo me encontrara frente a un trago o un café con alguno de mis escritores o escritoras favoritas de la vida, seguramente me quedaría calladísima porque me inhibiría totalmente. Me gustaría escucharlos, pero no sé si sería capaz, realmente, de hacerlo con los que me gustan así, de corazón. Pero podría pensar que estaría bueno tomarse un trago con Marguerite Yourcenar y escucharla hablar simplemente, o con Paul Celan, el poeta. También me gusta y he trabajado mucho a Sor Juana, la Colonia y todas estas cosas me encantan, pero hay algo que tiene que ver con mi propia historia en el siglo XX que allá vuelvo cada vez a tratar de entender a través de la novela, de la poesía, de los ensayos, de la filosofía. A lo mejor después digo “¿Pero cómo no se te ocurrió esta otra persona?”, aunque de momento es lo que pienso.

¿Cuáles tres consejos les darías a quienes narran historias?

Primero lean, hay que leer muchísimo, hay que escuchar, quizás primero escuchar que leer. Yo creo que sin escuchar las voces de quienes nos rodean y quienes nos importan, sin escuchar las voces de con quienes nos cruzamos en la calle o nos cuentan historias, y sin leer, difícilmente podamos nosotras mismas contar historias que puedan resultar creíbles, verosímiles, interesantes, entretenidas…

El segundo consejo sería escribir sin parar. Hay que dejar que la escritura fluya para que aparezca. No es un contrasentido. Hay que escribir intentando no mirar críticamente, no ponerse trabas, hay que escribir soltando la mano, la cabeza, el cuerpo, el corazón, eso es lo que hay que hacer, sin parar. Después de sentir que una está puesta ahí en su escritura, entonces sí, nos podemos dedicar a cambiar, a quitar, a corregir, a borrar. Pero hay que soltarse para escribir.

¿Cuál es turutina de escritora?

Soy una escritora de mañana, muy temprano, a las 5 de la mañana pongo el despertador, me pongo un café y me siento a trabajar. Siempre me he ganado la vida con otras cuestiones que no son la escritura, entonces más tarde entra el día, el trabajo, las obligaciones, empieza el ruido, los mensajes, las clases. Me gusta mucho también lo que hago, me gusta el trabajo universitario, trabajar con chicos, chicas, me encanta tener la rutina de escribir artículos para publicar semanalmente y tengo un entusiasmo fácil por todo lo que se vincula con la lectura y la escritura, entonces hago muchas cosas. Por eso aprovecho el tiempo en el que el silencio todavía existe en torno mío, el silencio del barrio, de mi casa, pero sobre todo, el silencio interior. Por eso no permito que entren las obligaciones del día. Son unas cuantas horas dedicadas sólo a la escritura y a la lectura, que para mí siempre acompaña la escritura. Y entonces son por lo menos tres, cuatro horas al día, y después, en la noche, como una forma de reencontrarme conmigo misma, con lo más profundo y verdadero que hay en mí: con la escritura.